-¿Qué le llevó a embarcar?
Mi trabajo en Infantería de Marina y la misión del Cuerpo: Realizar Operaciones Anfibias y dar seguridad a las unidades e instalaciones de la Armada, allá donde se encuentren. En la actualidad, embarcar no es nuestra función por sí misma sino un medio por el que proyectarnos y alcanzar objetivos, primero en costa y a continuación tierra adentro, a veces muchos kilómetros en el interior pero siempre durante poco tiempo porque nuestra autonomía logística es limitada: normalmente se trata de hacer una intervención rápida y a continuación desaparecer, por haberse completado la misión o porque el resto del trabajo queda para otro tipo de unidades.
-¿Qué sintió la primera vez que embarcó?
Hace unos 35 años que embarqué por vez primera profesionalmente, tenía 17 años de edad y no puedo responderte con precisión; pero te puedo hablar de esa sensación explicada en conjunto. Infantería de Marina realiza embarques y desembarcos tanto horizontales (por mar desde transportes de ataque, embarcaciones semirígidas, etcétera) como verticales (desde helicópteros y por diferentes métodos de inserción, como el fast-rope); trabajar en helicóptero formando parte de un equipo de asalto es una emoción fuerte, nunca olvidas el olor del JP-5 ni la sensación de estar sobre el patín , pendiente del que ha bajado antes y del que te sucederá después, todo en mitad de una agitación de viento y ruido ensordecedor.
Años más tarde, siendo alumno de la Escuela Naval Militar y realizando una fase de vuelo donde los pilotos nos ponían en contacto con el Arma Aérea para buscar vocaciones, recuerdo nos permitían sentarnos en el asiento del piloto y bajo su supervisión llevar el aparato en el aire, mientras ellos, ocupando el del copiloto, manejaban la parte complicada (cíclico y colectivo básicamente). Había volado en casi todos los helos de Marina, en operaciones diurnas y nocturnas… pero nunca había subido a un avión. La primera vez que volé en un avión fue cuando mi mujer y yo viajamos a Londres; ni ella ni yo teníamos idea de cómo era aquello, en una época donde era raro quien no había viajado en avión.
Sobre desembarcos por buques desde la mar recuerdo los realizados en destinos desempeñados como la 2ª Compañía de Fusiles del II Batallón de Desembarco del Tercio Armada o con la Agrupación de Apoyo de Combate, y en concreto haber realizado desembarcos con los Transportes de Ataque de la época: Conde del Venadito, Martín Álvarez, Castilla, Galicia… que después dieron su nombre a otros más modernos que les sucedieron, en ocasiones varias veces. Aquellos barcos se movían bastante porque no tenían quilla, eran planos porque además de hacer navegaciones oceánicas debían poder varar en la playa y desembarcar por ejemplo con los M-60 . Venían directamente de los planes de ayuda americana, de los planes Marshall. Habían sido empleados para Camboya, Vietnam…en ellos todavía había lugares donde encontrabas sangre.
Lo habitual era desembarcar por una red de trasbordo, desde la que descendías desde el buque principal hasta una embarcación menor del tipo “Mike” o “Papa”, junto al material individual y el colectivo que habíamos de llevar: ametralladoras, morteros, muchas cajas de munición, etcétera.
En tierra solíamos realizar ejercicios de asalto, ejercicios de tiro y tiro real, bajo fuego el fuego de cobertura de los helos Cobra. Aquella era gente dura pero también inexperta porque los soldados eran de reemplazo; estadísticamente ahora pienso lo fácil que hubiera sido llevarte un tiro desde cualquier parte pero son cosas en las que nunca habías pensado, supongo que algo extraño nos protegía. Todo aquello era una aventura pero a la vez una rutina porque hacíamos maniobras sin parar, no tenía tiempo de lavar el petate porque saliendo de un sitio te encaminaban a otro, a veces sin saber siquiera donde te llevaban.
A bordo también se realizaban simulacros en los que te dirigías a tu estación de trasbordo, se simulaba un abandono de buque, un ejercicio de hombre al agua, etcétera, pues formaban parte del adiestramiento general del buque y de nuestra familiarización con él.
-¿Cuál es el viaje más largo que ha realizado?
De un tirón….a Recife (Brasil), treinta días sin tocar puerto. Con la Fuerza de Desembarco también estuve tiempo frente a las costas de Marruecos, esperando órdenes para intervenir sobre la Marcha Verde… pero esa fue otra historia.
-Después del largo viaje, ¿qué fue lo primero que hizo al llegar a puerto?
No recuerdo exactamente, porque me gusta comer supongo que buscar un sitio donde poder hacerlo. En los barcos la comida era escasa y a nuestra edad nos comíamos las piedras. Los lugares de esparcimiento también eran importantes.
-¿Recuerda algún viaje con añoranza? ¿y con rechazo?
Naturalmente que con añoranza, aunque todo en la vida tiene su momento y su lugar. Al crecer te das cuenta de cosas que antes nunca observaste o de lo ignorante que fuiste en otras, pero lo recuerdas como aguas que pasaron, sólo puedes cambiar tu presente y tu futuro.
Echo de menos cosas sencillas como ese cigarrillo ducados emboquillado que fumaba en la radio y nos sabía… a España, meses después de haber salido de Cádiz, añorándolo todo. Hoy en cambio no fumo, no lo soporto, me parece un vicio malo y caro que tolero en los demás. La tolerancia y la distancia; aún más, la indiferencia hacia lo que no te reporta nada o te resulta hostil, creo que se desarrollan asimismo con el tiempo y con la edad.
-¿Cómo es la alimentación a bordo?
Como decía más arriba la comida era escasa, los víveres se debían guardar muy bien o entraban muy justos. En la actualidad, en cambio, la comida es buena y abundante. Embarcados tengo entendido que incluso ponen una caja de fruta, por ejemplo manzanas, que pueden comer cuando les apetezca. Para la Tropa las cosas han cambiado mucho y afortunadamente hoy viven mucho mejor; para la Marinería y Tropa los cambios hacia la modernidad han sido abismales y la que hoy encontramos nada tiene que ver con la de aquellos tiempos recios.
En Elcano se comía bien pero en su justa medida, con las naturales formalidades de un guardiamarina. En la Cámara de Guardiasmarinas servían los reposteros, te ponías muy poco porque en la vida militar se piensa en el compañero antes que en tí; pasabas la bandeja al de al lado y éste al siguiente. Para la sopa tenías que levantar el plato por un lado y comer con la otra; afortunadamente el barco escoraba a una banda y así estaba rato, hasta la siguiente ceñida. Para beber agua la pedías al repostero de Guardiasmarinas, que te la servía en un vaso con toda formalidad…de manera que si tenía más sed me quedaba con las ganas para no molestar más. En Infantería de Marina pasas de esto a poder comer encima de una boñiga de vaca si tienes tiempo y oportunidad de hacerlo, allí si llueve nos mojamos todos y sufrimos por igual, con gente que salta corre y dispara como tú, con personas y en situaciones tan arriesgadas que durante un tiempo te hacen despreciar todo lo demás. Supongo que quien vive y siente lo mismo que tú te entiende mejor, pero comprendo que en un barco deban haber distancias y mucha disciplina porque de lo contrario aquello sería ingobernable.
-¿Cómo es la convivencia? ¿Destacaría alguna anécdota? ¿Y la convivencia con mujeres, cree que está normalizado?
En los barcos la convivencia es buena, a veces con las tensiones normales de lo denominamos la mamparitis o el efecto de estar demasiado en un espacio de dimensiones reducidas, pasillos, etcétera. Llamar a esto mamparitis es una pequeña broma, creo que es un término no acuñado por ningún diccionario pero que todo el mundo conoce.
En la Escuela y en Elcano la convivencia con las Damas era perfecta, en mi promoción tenía cuatro y tuvieron el mérito especial de ser muy naturales aunque todo el mundo estaba pendiente de ellas: los periodistas querían entrevistas, los visitantes conocerlas…. No tengo ahora nada especial que decir, salvo que las recuerdo con mucho aprecio, con afecto y con cariño.
Trabajando en tierra las cosas son muy diferentes porque el entorno también lo es, las mujeres se hacen a eso como se han hecho a otras muchas cosas. No conozco ni he conocido nunca ningún problema de convivencia, personalmente me encanta trabajar con mujeres porque las considero especialmente inteligentes, observadoras y humanas, nos entendemos bien, aunque ni en esto ni en ninguna otra cosa se puede siempre generalizar.
Por lo que he creído observar las mujeres que son tus compañeras en el combate no solamente se respetan sino que se protegen de una manera especial, al nivel de que los hombres creo que son capaces de sacrificarse por ellas de una manera también más intensa. Tal vez esté equivocado, tal vez sea algo de la genética humana, no lo sé.
Las noticias periodísticas de estos días nos hablan de un escándalo deleznable por lo ocurrido a una comandante del Ejército, pero también de un status quo más interesado en vender una noticia espectacular que la realidad diaria en la vida habitual.
-¿Tienen tiempo libre? ¿En qué lo emplean?
El tiempo a bordo estaba siempre cubierto por alguna actividad para no perder el tono ni el estado de adiestramiento, además cada día entras en un trozo de guardia; se dormía poco y se descansaba mal, pero no podía ser de otro modo.
El único tiempo que tenías realmente libre era en tierra durante la salida de francos y hasta el regreso, donde guardando una cierta compostura cada cual podía hacer lo que le pareciera mejor. Como siempre he sido aficionado a la fotografía una de mis distracciones era visitar lugares interesantes y hacer fotografías; en la Guaira fotografié el fenómeno de los duldrum y el inmenso poblado de fabelas a pie de montañas, un par de años más tarde supe que aquel lugar había desaparecido por completo bajo el fango y fallecidos todos sus habitantes, es algo terrible pero también parte de la curiosidad de la fotografía, de ese tiempo congelado en un trozo de papel.
– ¿Ha sentido miedo durante algún viaje? ¿Por qué?
El miedo es una cosa que quedaba muy lejos, en especial de la gente joven y alocada como lo éramos nosotros, de hecho creo que no existe como tal, si acaso la natural perturbación angustiosa de estar esperando algo o estar pasando por algún trance de los muchos que ya han quedado atrás, aunque en caliente nada se medita ni se calcula lo suficiente. He sido, sigo siendo todavía según dice el título, nadador de rescate; en una ocasión casi muero de frío, sintiendo por primera vez esa ausencia de dolor y felicidad que precede a la muerte por congelación; en otra me sacaron de un fondo de quince metros, sin conocimiento tras haber hiperventilado más tiempo del necesario, la intervención de un compañero fue providencial.
Para quien está metido en harina no existe ese miedo del que preguntas, al contrario, he sido testigo de momentos de valor increibles cuando nada ni nadie obliga a actuar como se hace, con un coraje anónimo a prueba de bombas; supongo que debe estar en nuestra genética y no debe ser diferente a lo que puede hacer un socorrista, un policía o un bombero.
– ¿Qué echa de menos durante el embarque?
No echo nada de menos porque la vida me ha traído muchas cosas interesantes y además me ha permitido tener una segunda residencia en Cabo de Palos, donde junto a mi mujer disfruto del mar en toda su intensidad. Es todo lo que necesito.
-¿Cambiaría algo de la vida a bordo?
Hay que dejar paso a la sangre nueva, para que cambien cuanto quieran o cuanto puedan.
Muchas gracias.












































































